El americano interior

El presente artículo fue publicado en un suplemento de la revista Uno Mismo (con cuya autorización publicamos), llamado Indio que te llevamos dentro.
La riqueza y claridad de los conceptos expresados en torno a la formación arquetípica y la función que un arquetipo cumple o como debe ser aplicado, nos pareció magistral.
De hecho su autor, en ese momento etnopsiquiatra, Claudio Antonio Páleka, hoy Monseñor de la Orden Mariavita, muestra la coherencia personal en cuanto a las ideas vertidas en éste artículo.
La aplicación de la mitología del paciente, y el respeto por sus creencias e ideas para el desarrollo de la cura, sobre todo tratándose de pacientes transculturales, es un elemento que también aplicaría más tarde el psiquiatra Arturo Phillip en su experiencia con la machi Dominga Ñancufil en Carmen de Patagones.
Esperamos disfruten leyendo este artículo en la misma forma en que nosotros lo hacemos rescatándolo para los lectores de Mithos

Han pasado ya tres años desde H que Juan, nuestro primer paciente araucano, dejó Buenos Aires y retornó al Neuquén. Su “cuadro psiquiátrico” había sido caratulado con la etiqueta de “neurosis fóbica grave”.
Quizás por el hecho de que las culturas más sabias requieren terapias más sabias, Juan deambuló de profesional en profesional sin obtener ninguna mejoría. Lo conocí cuando por propia decisión había optado por confinarse a los límites de su propia cama, pues éste era para él el único sitio del planeta donde no sentía miedo.
Vivía en la misma villa en la que pocos meses atrás yo había decidido montar mi primer consultorio etnopsiquiátrico. Su tratamiento duró seis meses. Dos meses después del alta, Juan tomaba la decisión de volver a su tierra natal. Mi vida como profesional quedó dividida en dos etapas: antes y después de Juan. Auxiliarlo en su sufrimiento me obligó a reformular muchos conceptos sobre la acción psicoterapéutica, modificar encuadres y objetivos.
En un servicio psiquiátrico habían escrito al principio de su historia clínica una nota insólita: “Paciente con falta de motivación para la cura” . Por ese motivo lo dieron de alta. Para la etnopsiquiatría, un paciente que no se cura implica que el terapeuta no ha sabido acceder a una interculturalidad fundante que permita la comunicación plena que haga posible la cura.
El tratamiento de Juan demostró que padecía de algo más que una neurosis fóbica. Y a ese algo más, la psiquiatría oficial – que sigue pensándose a si misma como una disciplina que tiene mucho que enseñar y poco que aprender no podía diagnosticarlo.
Más allá de los intentos de volver a Juan un fármacodependiente, un mero número de historia clínica elaborada en base a un frío interrogatorio policial, o de convertido en una etiqueta psicodiagnóstica que todos traducían como enfermedad incurable, nadie pensó que en Juan pudiera estar actuando la culpa
inconsciente por haber abandonado, y por lo tanto traicionado, un esquema de pensamiento y una forma de vida ancestral y sabia.
Ahora Juan vive en un paraje solitario. Sus tareas son muchas y no existen sofisticaciones técnicas que lo ayuden. Su esposa aprendió el arte del tejìdo en el telar, viajó hasta lo de una vieja india que vive a muchos kilómetros de su casa y ella le enseñó. A su vuelta comenzó a producir verdaderas obras de arte, que, como todos los pobladores de la zona, vende al gobierno por unos pocos pesos,
La casa es chica, y Juan no nos ha escrito mucho acerca de ella. Pienso que, con todo, debe ser una buena vivienda, porque de lo contrario Juan le habría dedicado alguna frase irónica.
Antes de Juan, las enseñanzas de esa antropología a la norteamericana que nada me había dicho sobre mi propia miseria simbólica. Después de Juan, algo muy distinto a describir la vida: aprender a vivirla. Porque en la reinstalación que ha emprendido en Neuquén se juega una alquimia imposible para el occidental: la de transformarse de robot urbano en alguien que, aun con las limitaciones económicas que fija el poder político al indio de nuestra tierra, pasa a procurarse la ampliación de una conciencia mística inédita para la mayoría de nosotros. Y por ella, a partir de un silencio pleno de sentidos, se busca y se encuentra un eje o centro capaz de articular desde la identidad hasta el goce, un centro que supere, como dice Kusch, el “desgarramiento de la caída”.
Al decidir su vuelta al Neuquén, Juan hace algo más que volver a las fuentes o “regresionar” (dicho en el peor estilo psicoanalítico): establece también un nuevo domicilio existencial capaz de otorgar coherencia o trasfondo ecológico a su nueva disposición psíquica, y de brindar en un contexto grupal comunitario, diremos mejor- los elementos gestuales, rituales, calendáricos, en los que descansar la vida y dispararla desde el elemento local a todo lo universal. Juan funda así su particular y exclusiva geografía emocional, aquella que se da sólo cuando el arquetipo es activado en la conciencia.

El arquetipo reprimido de
Occidente

Rodolfo Kusch compara en un diagrama los principios básicos del pensamiento occidental y el indígena. Parte del evidente cuadro de soledad del hombre occidental, que impregna la vida afectiva de un cierto pesimismo rencoroso. A éste le contrapone el concepto andino de “comunidad”: el indígena cultiva la común unidad. Su soporte afectivo no reposa totalmente en un otro particular, sino en un cosmos cotidiano.
El occidental vive en “sociedad”, no en comunidad. En la sociedad, los lazos afectivos raramente trascienden las fronteras del hogar. La sociedad es tan causante de soledad como, a la inversa, la comunidad es productora del “domicilio”, entendido (al mejor estilo de Mircea Eliade) como ese lugar del que brota un eje invisible pero real, que conecta no sólo con lo cotidiano, sino también con los otros órdenes cósmicos, desde los naturales hasta los sobrenaturales. La puerta de mi casa, según esta concepción, no da únicamente al barrio, sino también al mundo y al universo, por ende a la deidad. Esta energía desciende también hasta los ladrillos o el barro con que se erigió la casa.
La formación escolar del occidental, basada. exclusivamente en la inculcación del principio de causalidad, es asimismo un refuerzo de la soledad. La ciencia puede ofrecer confort, pero difícilmente pueda promover un pensamiento que se anime a conectarse más con lo afectivo que con lo racional. Esto seria plantear una interioridad poética que tenga el poder de mitologizar el cosmos, disminuyendo asf el sentimiento de soledad.
El indio se mueve en una irracionalidad consciente, donde prevalece la intuición (esa sabiduría que no necesita pre-elaborarse). Esta no se plantea experimentar el hecho, sino contemplarse en él. La irracionalidad del indio no deja de vivirse inteligentemente desde un domicilio existencial en el que siempre se renueva la sorpresa de cohabitar con lo absoluto.
Irracionalidad, comunidad y domicilio son sólo Ves aspectos del arquetipo del americano interior.
Arquetipo entendido como la formta suprema de la cual, por variación, derivan infinidad de formas distintas entre sí, pero todas ellas con determinadas características comunes que les confiere el arquetipo. El arquetipo es perenne y, cada vez que sucede, sucede irrepetiblemente. Debe ser recordado de continuo. El modo en que esto se realiza se Ilama “rito”.
El arquetipo conformado por la secuencia irracionalidad –comunidad – domicilio tiende a ser reprimido en las sociedades urbanas de Occidente. Estos componentes se activan en base a una interioridad energética poético-mágica. De ello se deduce que, en Occidente, el tipo de enseñanza impartida reprime el afecto de las relaciones comunitarias, con lo cual se agudizan los cuadros de soledad individual.
El miedo del hombre occidental hacia la magia lo empobrece simbólicamente, lo de cultura, tomándose la vida un simple pasar, sin emociones ni conmociones.
Al carecer de comunicación con el arquetipo, los pocos seudo-ritos que Occidente aún cultiva se vacían de contenido: ya no se canta a Dios, sólo los “ovnis” de vez en cuando nos ayudan a paliar esa gran nostalgia que la humanidad siente por una remota época en la que el diálogo con los ángeles era algo corriente y al mismo tiempo conmovedor. Muy lejos quedaron las danzas comunitarias, la oración enfervorizada que modifica el ritmo respiratorio hasta transformar el cuerpo en una usina de emociones inenarrables. Nuestro cuerpo ya no vibra con ritmos rituales, no hay una gozosa percepción de lo sagrado. Algunos practicamos expresión corporal, pero estas prácticas se realizan en el desconocimiento absoluto de que el cuerpo es una remembranza, una copia del principio metafísico de Dios. Reemplazamos a la comunidad con el concepto de grupo, relativizamos todo nuestro ser al ser del grupo; no hay un “más allá del grupo”. El grupo es un universo limitado que se cierra sobre sí mismo; las más de las veces, no da permiso a sus integrantes para realizar una exploración individual de la naturaleza y del espíritu. Para todo hay una técnica, que es más científica y mecánica que espontánea y sentida.
El indígena no sufre de psicosis: casi todos los estudios científicos actuales sobre el tema demuestran con claridad que la esquizofrenia es también un invento de nuestra cultura. El indígena es lo suficientemente sabio como para dejar que el arquetipo, en vez de alimentar los conflictos individuales reprimidos, sea liberado y se recree jugando a postular un cosmos, un afuera que se irá construyendo poco a poco, como calco de una interioridad cada vez más despejada. Se trata de una proyección donde lo de afuera es semejante a mí mismo.
El indígena, al realizar el rito, expresa: “El cosmos es ahora como yo. Por lo tanto, no ofrece peligros ni exige trabajos de reparación. Ahora, puede todo mi ser estar. Si el calco ha sido organizado, si la fractura no ha sido cerrada, ahora, por ser lo de afuera previsible – pues es igual a mí-, puedo habitar en todo mi cuerpo, en los ojos, o en los espíritus o en el cielo y sus estrellas. Estoy en todos los objetos y todos los objetos soy yo. Mi psiquis será de ahora en más una analogía del cosmos”.

Del arquetipo a la psicoterapia

El objetivo del trabajo terapéutico debe ser volver consciente el arquetipo que contiene la magia y la poesía revitalizante y resignificadora. En este concepto baso mi acción como etnopsiquiatría.
Para lograr esto me apoyo en los siguientes puntos:
1. Ensueños, reformulados de acuerdo con la historia y cultura del paciente que permitan la suficiente movilización como para que opere cambios en el exterior al mismo tiempo que aumenta la armonía interna.
2. Incremento de la capacidad creadora: juegos, expresiones plásticas y todas aquellas actividades que de algún modo acompañen, gratifiquen y enriquezcan el relato.
3. Técnicas rito-corporales. Empleo del gesto y de la música para vivenciar lo que se expresa.
4. Construcción del mito propio, que contiene siempre una analogía temática con los conflictos inconcientes, pemitiendo conocerlos y superarlos. Jugar con personajes, espacios, circunstancias fantásticas, de modo libre, hasta componer la propia saga heroica individual, que dé cuenta del universo trágico reprimido.
En esta doble empresa de aprender del mito y de recrearlo he basado mi acercamiento terapéutìco a pacientes portadores de culturas distintas de la nuestra, comenzando así a aceptar el desafío de brindar esta propuesta al hombre occidental.
Debemos integrar el arquetipo a nuestra vida consciente. Para ello es necesaria una participación física directa. Debemos reeditarlo integralmente, en sus movimientos (bailes, máscaras, gestos, etc.) y sonido. Debemos volvemos el arquetipo, para empezar a ser.

Claudio Antonio Páleka es antropólogo especializado en etnopsiquiatría. Trabajos suyos sobre etnohistoria obtuvieron premios del Ministerio de Cultura y Educación argentino y de The Rolex Awards (Suiza, 1978). Realizó viajes a la India, Indonesia y Thailandia para investigar la relación entre las instituciones totales de corte religioso y las creencias y prácticas sobre salud mental. Es miembro fundador y presidente de la Asociación Argentina de Etnopsiquiatría, y en la actualidad coordina talleres de antropología vivencial para antropólogos, psicólogos y otros científicos sociales.
(1999) Actualmente Monseñor Claudio Antonio Páleka es el representante para América Latina de la Iglesia Católica Apostólica Mariavita

Agradecemos al Sr. Gustavo Borenstein, Director de la revista Uno Mismo el habernos permitido reproducir este artículo.”

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