Los anhelantes

por Hugo Basile

Buscar un camino cuya meta fuese un acercamiento al origen de la conciencia, o si se quiere, un acercamiento desde el mito de la caída al camino que recorre la conciencia en su evolución, es parte de la búsqueda que conduce al conocimiento.

En este recorrido de la conciencia nos preguntábamos por un dios posible, un dios que mas allá de la fe, que es harina de otro costal, pudiera satisfacer lo que muchos llaman, y yo también llamaré, el ANHELO.

¿Qué es el anhelo?. Para tratar de explicarlo con simpleza, diré que el anhelo es el deseo de satisfacer una carencia primaria que se imprime en nuestra alma en el momento de nacer. Carencia que surge en el momento en que nos separamos del último sentimiento de unidad, en el vientre de nuestra madre, antes de ser arrojados al mundo.

Y digo el último sentimiento de unidad porque, aunque no tengamos clara conciencia de ello, hay todo un camino recorrido antes de llegar a ese vientre.

Digo que la conciencia es anterior al nacimiento. El nacimiento de la conciencia del hombre no nace con lo orgánico, puesto que lo superior no puede nacer de lo inferior. Inferior en tanto el cuerpo es el receptáculo o el vehículo que nos permite vivir experiencias que no solamente guía sino que experimenta la mente a lo largo de nuestra vida. El cuerpo es en función de la mente y no la mente del cuerpo, por tanto, lo físico comienza a organizarse en función de algo que ya está, y ese algo que está es la conciencia, y anterior a la conciencia, que no logra expresarse hasta el desarrollo de su soporte, que es el cerebro, está el espíritu, lo que siempre es y será.

Para simplificar aún más, diré que el vientre de nuestra madre es la sala de espera de la vida, y desde esa sala de espera, cuyo preámbulo fue la unidad de la conciencia con el Todo, somos arrojados al mundo, para desarrollar nuestra individualidad.

Hay un lugar primordial, que quizás sea el mismo al que volveremos al final de nuestro ciclo.

Los budistas llaman a este lugar, o si se quiere, a este estado de conciencia, Bardo.

En cierta forma, nuestra conciencia no tiene registro de ese estado… pero sólo en cierta forma, porque otra parte de nosotros, nuestro espíritu, sí tiene registro de ese estado anterior al nacimiento. Ese estado que calma nuestra necesidades, en el cual simplemente somos y es profundo el deseo de volver a él.

Eso es el anhelo: la necesidad profunda de volver a sentirnos completos, reflejado en los mitos como la casa del padre, cuyos hijos pródigos somos.

El anhelo es ese hambre que intentamos saciar y nada de lo que nos rodea lo calma. Es el hambre espiritual, y es también aquello que verdaderamente desplazamos, proyectándolo en personas o cosas.

La vida en si misma es la experiencia del hijo pródigo, pues nacemos, crecemos y entramos en la multiplicidad de nuestra existencia, mirando hacia el futuro y tratando de encontrar la respuesta en él, una respuesta que llega exactamente junto con la muerte, la resolución del conflicto existencial.

Una frase de Alejandro Dolina lo resume perfectamente:

“Cuanto más sabe uno, más cerca está de la muerte”

Sin embargo, todo tiene un sentido, y es precisamente lo inevitable de la muerte lo que enaltece nuestra vida, y la enaltece porque cada acto que realizamos, creando, construyendo, trayendo nuevos seres al mundo y dándoles una parte de nuestra propia vida, estableciendo vínculos y forjando afectos, cada acto realizado, siendo concientes de nuestra propia muerte, es un acto de amor.

Cada uno de esos actos fortalece nuestra experiencia, y es precisamente esa experiencia la que nos da el conocimiento necesario para que, llegado el momento de volver a la unidad, podamos aportar lo nuestro, nuestra propia experiencia, a ese todo del cual somos una parte. Es esto la evolución, el poder llevar mi aprendizaje y depositarlo en el banco del universo para enriquecer a toda la existencia, a los que se van, y a los que vienen.

Carlos Castaneda, a través de su Don Juan, decía que todo hombre de conocimiento debe tener a la muerte como aliada. Cada uno debe ser conciente de su propia muerte, porque la conciencia de la propia muerte hace que actuemos sin esperar recompensa, hacer por hacer, si se quiere, o hacer por amor, un amor de brujos, porque aman sin esperar nada a cambio.

Esto es lo que dota a un hombre de impecabilidad en cada uno de sus actos, porque trata de actuar de la mejor manera posible, aén sabiendo que va a morir.

Es lo grandioso del ser humano.

La nostalgia del paraíso

Es quizás en las épocas de mayor vacío interior en las que más se acentúa esta sensación de que “algo nos falta”, y es precisamente porque ese vacío está presente en forma permanente.

Una sociedad en la que solo se hace importante la cáscara y no el contenido, en la que las filosofías recortan lo superficial de todo aspecto social, económico y hasta religioso, reemplazando al mythos por la razón, es decir, al contenido por lo que debería ser, según una razón cada vez mas simplista, más globalizada, más en común, pero menos en el fondo. La filosofía actual es el marketing de la verdadera filosofía. Y no es casual.

Según el monje budista Matthieu Ricard, en un diálogo con el filósofo Jean Revel. La mayor diferencia entre el filósofo oriental y el occidental, es que el occidental nunca intentó vivenciar su propia filosofía.

La filosofía oriental, en cambio, siempre se basó en ese lógica paradojal de la que hablamos anteriormente, centrada en el hacer correcto más que en pensar correcto.

¥?ÁI?Si nos remitmos al recorrido que ya hicimos de los estados de conciencia, podremos ver que este alejamiento del paraíso comienza en el momento en que el hombre se hace conciente de la dualidad, e instaura la duda como forma de acceder al conocimiento. La ida del paraíso es el comienzo del camino de individuación del hombre, o de la evolución de la conciencia. Sin embargo esa entrada y salida del paraíso, esa nostalgia por lo que nos falta, podemos encontrarlo en la relación entre conciente e inconciente, desde el hecho de que en algún momento el hombre quizás haya tenido una mayor posibilidad de acceso a su inconciente, antes de la formación del yo o del superyo como formadores de cultura.

De hecho, en las instancias anteriores al nacimiento, lo inconciente es total, y la percepción de ese conocimiento está a flor de “mente”. Lo que nosotros conocemos como inconciente es la porción del espíritu más cercana a nuestra conciencia.

Las culturas más arcaicas, las culturas del éxtasis, tienen precisamente esa posibilidad de acceder todavía a esa porción del paraíso. Todas las estructuras chamánicas, por ejemplo, tienen un centro del mundo que les permite el acceso a espacio sagrado.

El hombre moderno, o posmoderno, se ha alejado de ese espacio sagrado, lo ha dejado de lado, lo menosprecia y lo cambia por otro tipo de poder, el poder de la materia. Ya no quedan espacios sagrados, ni siquiera en las religiones tradicionales, que también han hecho un marketing de su otrora conocimiento de ese espacio.

Sin embargo ese deseo del acceso al paraíso sigue estando en uno, y si existe el deseo, si existe el anhelo, existe también la posibilidad de retornar a el.

El hilo conductor

Lo que el hombre ha hecho ha sido pasar de una verticalidad en el espacio a una horizontalidad en el tiempo.

E incluso espacio está mal nombrado, porque el espacio es una fragmentación arbitraria del hombre que le permite ocupar un lugar en elinfinito. El hombre está preocupado por el tiempo, es por eso que necesita dominar, de alguna manera, su propio futuro, y la forma de dominarlo es fragmentándolo, poniéndole límites a lo que no lo tiene. El hombre dice: en este tiempo reino yo, y es así como se instala la preponderancia de la cantidad sobre la calidad. El tiempo y el espacio son números, y el número es materia, se puede contar, se puede medir, se puede dominar.

Sin embargo el tiempo, si es límite, porque es una forma de ubicar al hombre en la eternidad, también tiene su fin, por tanto, el poder del hombre es ilusorio, porque el propio tiempo lo es.

La verticalidad en el espacio a la que me refería es preponderancia de lo infinito, de lo cíclico, del eterno retorno, donde el hombre repite y vivencia lo que alguna vez se produjo por primera vez: su estancia en el paraíso y su alejamiento, es decir, su acceso a ese inconciente y su retorno a la conciencia.

Lo que la razón ha provocado al desplazar al mito, ha sido el atascamiento de ese hilo conductor entre la conciencia y el inconciente, dejando solo un contacto mínimo.

Las sociedades sagradas tenían ese hilo en pleno uso, permitiéndoles entrar y salir en el inconciente a través de ese hilo conductor entre el cielo y la tierra.

Entrar en el inconciente a hablar con sus dioses, con sus arquetipos, con aquellos aspectos más críticos del sí mismo y obtener respuestas, sentirse satisfecho, sentirse también en contacto con su propio origen.

Y es que el arquetipo se expresa a través de historias, a través de mitos que contienen en sí mismo aspectos completos de la relación del hombre y el universo, aspectos que no siempre están a la vista, que lleva su tiempo develar, y como el hombre cree que no tiene tiempo, los subestima, los pasa por alto, y a ese anhelo que se vería satisfecho al entender esas historias, al devolver un espejo de lo que realmente anhela, lo busca en otro lado, lo busca afuera, lo busca en el tiempo.

A diferencia de otras culturas, el hombre occidental, cuando no se encuentra en el futuro, cuando no puede proyectarse en el tiempo, enloquece, porque encuentra el vacío.

Sin embargo, culturas que tienen como base al Zen, al tao’ismo, incluso culturas chamánicas, encuentra en ese mismo vacío con que el hombre occidental enloquece, a la satisfacción del anhelo, y no en el momento de su muerte, sino durante su vida conciente, y entiende cual es el juego, y ya no se apura, porque sabe que no es necesario, que no hay ningún lugar al que llegar, porque ese lugar está aquí, estuvo siempre aquí, pero visto de otra manera.

Es así que entonces ya hace por hacer, sin esperar nada a cambio, porque sabe que en verdad lo tiene todo, y porque nada de lo que pueda obtener a cambio podría ser superior a la satisfacción del anhelo.

Se ha encontrado con el Todo, ese Todo del cual salió, y ahora sabe que siempre se está inmerso en é, que en realidad el disfrutar de él o no, siempre depende de su manera de mirar el mundo, y de aquello que él haga para engrosar ese hilo conductor que es el camino para llegar a ese lugar.

Quizás la forma de satisfacer el anhelo, sea la de construir nuevamente la escala de Jacob, el espacio sagrado, territorio en el que jugamos hombres y dioses, y en el que nos encontramos con nuestro origen, y en el que podemos ser capaces de amar por amar, aún sabiendo que vamos a morir, porque la muerte, en definitiva, es otro lugar desde donde mirar el universo.

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