El legado de la serpiente

por Hugo Basile
En nuestro texto anterior (¿ En qué mintió la serpiente?), analizamos el mito de la mentira de la serpiente desde un lugar distinto, un lugar desde el cual ésta aparecía como portavoz de una realidad que Jehová ocultaba a los ojos de los humanos: el hecho de que él mismo formaba parte de una dualidad, y de que esa dualidad, al manifestarse, creaba la vida y la conciencia.

En nuestro texto anterior, analizamos el mito de la mentira de la serpiente desde un lugar distinto, un lugar desde el cual ésta aparecía como portavoz de una realidad que Jehová ocultaba a los ojos de los humanos: el hecho de que él mismo formaba parte de una dualidad, y de que esa dualidad, al manifestarse, creaba la vida y la conciencia.
También vimos que la conciencia estaba imbuída de una fuerza motora que la arrastraba a fin de desarrollarla, trocando la conciencia de unidad por la conciencia individual, y que esta fuerza es la que vulgarmente conocemos como el Diablo o Satanás.
Metafóricamente, lo que se planteaba en los mitos de la caída, tanto la de Adán y Eva como la de Lucifer, era la naturaleza de la conciencia y su proceso de individuación.
Vamos a continuar con este tema intentando comprender cómo se manifiestan estas fuerzas y cómo se expresan en los mitos. .
René Guénon, de quien hicimos referencia en el número anterior, acude a los vedas hindúes para hacer esta descripción:

«La tradición védica explica que lo disperso son los miembros de Purusha primordial (principio primordial: el espíritu), que fue dividido en el primer sacrificio realizado al principio por los devas (seres angélicos que primeramente fueron hombres: los seres brillantes), dando origen a todos los seres manifestados. Es evidente que se trata de una descripción simbólica del paso de la unidad a la multiplicidad, sin el cual, efectivamente, no podría haber manifestación alguna. Puede intuirse ya que la «reunión de lo disperso» o la reconstitución del Purusha tal como era antes del comienzo, si cabe expresarse así, o sea, el estado de no manifestación, no es otra cosa que el retorno a la unidad primordial»
Podemos hacer aquí una nueva analogía similar a la anterior. La multiplicidad del uno vuelve a repetirse, pero quienes sacrifican a ese uno para hacerlo múltiple son los Devas, Seres brillantes que, en definitiva, son los «Portadores de la Luz» (Lucifer). La separación está dada por lo que el mismo Guénon nombra de esta manera:

«El hecho que se diga que es sacrificado por los Devas, no constituye en realidad ninguna diferencia, pues los Devas no son, en suma, sino las «potencias» que porta en sí mismo»

Podemos ver aquí que la simbología vuelve a repetirse: Una unidad disgregada por componentes de sí misma.
Por su parte, dentro de la teología católica, los ángeles, a quienes podemos equiparar con los Devas hindúes, son seres que forman parte de Dios, pero al mismo tiempo son sus cualidades.
Los ángeles llevan nombres de cualidades y de acciones (lo que son y lo que pueden hacer), y de virtudes. Por tanto, podemos decir que de todas las cualidades que representan a la multiplicidad, y luego, a la unidad, Satanás es la de la separatividad (no olvidemos que satanás, o Lucifer, son ángeles caídos), por tanto son el principio activo, y la caída en sí misma es el conjunto de las cualidades que acompañan a la separatividad. Obviamente no puede haber separación si no hay primero unidad, por tanto no puede haber un creador sin un diablo que lo represente.

¿Qué sucede con la conciencia?

Decíamos que la multiplicidad, vista en el microcosmos representa al proceso de individuación, es decir, al desarrollo del ego humano.
También decíamos en el número anterior, que esta conciencia también parte de una separación inicial, que es la separación del bebé de su propia madre, en la que deja de sentirse uno con el otro para, con el desarrollo, pasar a ser uno con sí mismo.
También las cualidades tienen su implicancia dentro de esta evolución si tenemos en cuenta las distintas personas que uno va siendo a lo largo de su vida y todos los yoes que uno va distribuyendo por el mundo en igual período de tiempo.
Imaginemos que cada uno de los roles que nosotros asumimos en los distintos estratos de nuestra vida ( la casa, el trabajo, los amigos, y uno con uno mismo), son pequeñas partes, pequeños yoes que en definitiva son los que componen al propio Yo, más todos los yoes adquiridos a lo largo de nuestra vida ( la parte de papá, la de mamá, la del maestro, la de la hermana, la del amigo, la del libro que leímos, la de nuestro pensamiento político, y miles de etcéteras que en definitiva forman a nuestro yo).
Cada uno de estos pequeños yoes son en realidad esas potencias a las que se refería Guénon en párrafos anteriores.
La suma de estos yoes son los que van a dar forma a nuestro ego, y son los receptores y responsables de que cada uno de nosotros vea a la vida como la ve: desde un lugar que elige entre múltiples lugares, pero siempre a partir de una dualidad.
Cada ser humano es único e irrepetible porque es imposible que coincidan las partes que conforman la personalidad de cada ser humano.
Al mismo tiempo, lo que cada uno de nosotros «es por sí mismo», queda sepultado bajo esta basta pila de yoes adquiridos, que se alejan aceleradamente de lo que es la esencia de cada uno.

Las banderas de la racionalidad

Una de las pruebas de que nuestra verdadera esencia queda atrapada en los roles que jugamos a lo largo de nuestra vida, es precisamente lo que llamamos racionalidad.
Nos creemos y sabemos seres racionales, sin embargo, muy poca de esa racionalidad es razonada por nosotros. Nuestra razón es más bien un acto reflejo.
Un pensador de la tradición llamado Ouspensky lo describe de una forma clara y concisa:
«por acto racional se entiende aquel que es conocido por el sujeto actuante antes de su ejecución; aquel al que el sujeto actuante puede dar un nombre, definir, explicar, puede decir su causa antes de su ejecución.
Actos automáticos son los actos que han sido racionales para un sujeto determinado, pero que por razón de frecuentes repeticiones se han hecho habituales y son efectuados inconcientemente.
Los actos automáticos adquiridos de animales entrenados fueron previamente racionales no en el animal pero sí en el entrenador. Estos actos, con frecuencia, parecen racionales, pero es una completa ilusión. El animal recuerda la sucesión de los actos y por ello los actos parecen racionales y oportunos. Y realmente fueron razonados, pero no por él.»
Esto habla de que estamos tan ocupados (repletos) por los dichos y haceres de los otros, que si nos sacamos de encima aquello que el otro dijo, creemos que adentro no va a haber nadie, sin embargo siempre vamos a estar nosotros, nuestra esencia.
Partiendo del punto de que venimos de una evolución contínua a lo largo del tiempo (llámese encarnaciones o herencia genética), esta esencia tendría una particularidad como existencia única y personal.
Sin embargo, me atrevería a decir que es precisamente la experiencia que hacemos a través de esos yoes la que va formando y fortaleciendo el ego, haciéndolo madurar, alimentándolo pero también guiándolo hacia su propia destrucción.

Más cerca de casa

Si tuviéramos que aplicar estos conceptos a los comportamientos sociales, diríamos que precisamente, lo que crea a las sociedades, las alimenta y las hace crecer, es precisamente el desarrollo y la suma de esas individualidades. De hecho las sociedades, y sobre todo las más modernas, no se basan en la sustancia (cualidad) sino en su manifestación que es el número (cantidad). La sustancia de una sociedad da lugar a la creación de su arquetipo, en cambio el número se manifiesta como la suma de individualidades.
Sin embargo, como cada sistema lleva implícito el germen de su propia destrucción, podemos ver que cuando éstas individualidades se alejan tanto de su esencia que no pueden ni siquiera recordar quienes son, perdiendo su identidad como seres y como humanos, se hace necesaria la aparición del concepto contrario, esto es, el de la unidad. Hoy por hoy, los protagonistas de la historia son apenas una suma de individualidades sobre una masa amorfa que va a la saga de la historia y solo reponden a lo trazado por los otros. En cierta medida, ésto también se relaciona con lo que Mircea Eliade nombraba como la historicidad que es cíclica, contrapuesta a la sacralidad, que es intemporal.
Podemos hacer aquí una analogía basándonos en lo dicho en el artículo anterior.Cada una de estas fuerzas a las que personalizamos a través de figuras míticas, son en verdad arquetipos que representan a determinadas fuerzas de la naturaleza, Hablamos de las fuerzas de la unidad, o fuerzas pasivas y las fuerzas activas de la separatividad, que dan dinámica a la manifestación. Las fuerzas pasivas representadas en la etapa anterior a la creación y las fuerzas dinámicas que nacen a partir de la creación. La primera fuerza creadora y conceptualmente benévola, y la segunda disgregadora y conceptualmente maléfica en los libros sagrados pero que en el simbolismo son en realidad parte de una misma fuerza de manifestación que popularmente fueron traducidas como Dios y Satanás
Estas dos fuerzas arquetípicas, funcionales y opuestas, no pueden estar en conflicto permanente porque no habría evolución, sino que requieren de una síntesis que armonice los opuestos, y aquí aparece un tercer arquetipo, que es la fuerza crística o de síntesis.
Carl G. Jung en su ensayo sobre la Trinidad*, lo nombra de esta manera paralela a las ideas de Guénon ( ver recuadro):

“El uno tiene un lugar privilegiado, que reaparece en la filosofía natural de la Edad Media. Para ésta, el uno no es todavía una cifra, sólo el dos. Dos es el primer número debido a que con él se establece una separación y un aumento, sólo a base de los cuales se empieza a contar, Con el dos aparece, al lado del uno, un otro, lo cual es tan significativo que, en muchos idiomas, “otro” quiere decir directamente “segundo”…”.
“…..El dos se refiere a un uno que se distingue de lo uno incontable, Con el dos se destaca de lo uno el uno, que no significa otra cosa que el resultado de la disminución por escición y transforma a aquel uno en “número”. El “uno” y el “otro”constituyen una antítesis, lo que no sucede con uno y dos, que son simples números, que sólo se distinguen por su valor aritmético y no por otra cosa. Pero el “uno” trata de conservar su calidad de uno y único, en tanto que el “otro” aspira a ser precisamente un otro frente al uno. El uno no quiere liberar al otro, porque de esa manera pierde su carácter, y el otro trata de desprenderse del uno para existir. De esta manera se establece entre el uno y el otro una tensión de antítesis. Toda tensión de esta índole busca una salida de la cual resulta el tercero. En el tercero desaparece la tensión y de nuevo aparece el uno perdido. El uno absoluto es incontable, indeterminado e irreconocible; solo cuando aparece en la cifra uno se lo puede reconocer, ya que en el primer estado falta el “otro”, que es imprescindible para tal percepción. La tríada es un paso adelante del uno hacia su percepción. Tres es el “uno” vuelto perceptible, que sin la aparición de la antítesis del “uno”y el “otro” hubiera permanecido en un simple estado de determinabilidad.
*Ënsayo para una interpretación psicológica del dogma de la Trinidad (1940)-La simbología del espíritu.C.G.Jung-Fondo de Cultura Económica
Cuando la fuerza de la separatividad planteada en los mitos vistos, llega a un punto en el que la posibilidad de evolución se hace nula o muy difícil de sostener, comienza a generarse la fuerza de síntesis, es decir, si la fuerza activa o evolutiva era representada por la figura del diablo o de Satanás y la fuerza pasiva por Jehová , la tercera,integradora y resolutiva, será dada precisamente por la figura del Cristo.
Cuando la energía acumulada en estos arquetipos se desborda, comienza a jugar el concepto de masa crítica, apareciendo esa tercer fuerza arquetípica como una fuerza verdaderamente transformadora.
Cuando una idea se propaga no como idea sino como necesidad en una determinada cantidad de personas, la misma, a partir de determinado número, se multiplica geométricamente.
Aclaremos: que haya en el mundo millones de cristianos o algunos miles de satanistas no hacen a los conceptos a los que me refiero.
Cuando hablamos de energía arquetípica se puede aplicar del mismo modo el concepto de fuerza.
Por ejemplo,cuando una revolución social se produce, ésto no ocurre precisamente por la idea o ideología de sus dirigentes, al contrario, éstos solamente se ponen a la cabeza precisamente para direccionar una fuerza social dada que confluye y estalla. Los revolucionarios tienen más trabajo cuando la fuerza se puso en movimiento – porque se llegó al punto de masa crítica- y es ahí donde se va a direccionar a esa fuerza hacia un fin determinado.
Aquí estamos hablando de un sentimiento implícito y de una necesidad que conllevan a reclamos que se transforman en grandes movimientos sociales.
La fuerza arquetípica crística, y no hablo de ella desde el concepto religioso sino desde el espiritual, es decir, el concepto de unidad y síntesis, es la posibilidad alternativa que se presenta a finales del ciclo actual.

Crear para destruir, destruir para crear

Crear un universo a partir de la destrucción y destruirlo para volver a crear parece ser el comportamiento y la dinámica de las fuerzas de la naturaleza. Al decir ésto digo también que el hombre, al formar parte de ésta no ha de tener un proceso distinto. Siendo que al hombre lo diferencia su conciencia de ser, esta conciencia ha de tener los mismos mecanismos. En principio, porque no hay posibilidad de manifestación psíquica que no esté sentada en la dualidad, de hecho, los sistemas lógicos se apoyan en el dualismo. El dualismo fue precisamente, como vimos en el número anterior, uno de los aportes de la serpiente bíblica al dotar al hombre de libre albedrío. No puede haber albedrío, es decir, elección, si no hay como mínimo dos cosas entre las cuales elegir.
En el nivel humano, la creación del yo para volver a disolverlo es un aspecto del aprendizaje y de la obtención del conocimiento.Desestructurar y volverse a estructurar es la dinámica del cambio. Por tanto el camino del ego es precisamente el mismo: éste puede acrecentarse a partir de su formación, disolución y reestructuración. Sin embargo, esta nueva estructuración aparecerá con elementos distintos, con nuevas pautas de conocimiento y de aceptación, que es lo que marca la obtención del conocimiento y del aprendizaje.
La desestructuración sin motivos que la sustenten y sin elementos nuevos que la rearmen se transforma en locura, porque es el vacío. Sin embargo, no siempre es el vacío cuando la elección se dirige no a la dualidad sino al principio inicial de la conciencia.
Y ésto también está planteado en los mitos cosmogónicos universales, como por ejemplo en el Tao (ver recuadro).

El Tao que puede recorrerse
No es el Tao eterno
El nombre que puede ser pronunciado
No es el Nombre inmutable

Sin nombre, es el No,Ser
Origen del Cielo y la Tierra.
Con nombre, es el Ser,
La Madre de todas las cosas

En el perpetuo No-Deseo
revela su Esencia oculta
Como deseo permanente
Permite contemplar las cosas
En su apariencia y sus límites

Lao-Tse
Tao te King

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