Mitologías del Rin

Carta al Sr. Antoine Minorel, químico, matemático y filósofo errático (siglo IXX)

Este artículo forma parte del libro ” Mitologías del Rin” de X.B. Saintine, publicado originalmente en el siglo pasado y reeditado este año por Edicomunicación con ilustraciones de Gustave Doré. Nos pareció que las mismas observaciones que hace el autor al Sr. Minorel, científico de la época, son las mismas que haríamos aquellos que somos amigos de las mitologías de los pueblos, porque pensamos que son éstas las que, en definitiva, les dan su identidad.
Decidimos entonces compartirlo con ustedes.

Siempre hubo cierto antagonismo entre nosotros y los sabios o filósofos.
Estos han acabado por probar que los gigantes eran mucho más raros de lo que se suele pensar y que el roble sagrado era un roble como otro cualquiera: y el fresno Igdrasil, un fresno inverosímil; que el ruido del viento y de la tempestad no se debe únicamente a los graznidos de los pigargos y a los ladridos de las jaurías del cazador salvaje. Filósofos y sabios, gracias a vosotros, nuestros padres, se han dejado persuadir de que las erupciones de los volcanes tienen otras causas determinantes que las luchas encarnizadas de las brujas y de los demonios que se disputan el imperio de los infiernos, que el arco iris no tiene la solidez que convendría para hacer un puente; así como otras demostraciones análogas.
Hasta aquí no hay mucho más que decir.
Lo cierto es que, poco a poco, de todos sus dominios celestes, la mitología del Norte sólo pudo conservar el de la AURORA BOREAL.
El emblema poético y sorprendente de la aureola boreal era un reflejo del Valhalla, la sombra resplandeciente de todas aquellas radiantes fuentes divinas, el espléndido resultado de las luces, de las chispas, de los relámpagos que surgen de las espadas en las continuas contiendas entre héroes y dioses.
A esta explicación clara y posible, la ciencia no encontró una sola respuesta: de la aurora boreal. no se sabía nada, ¡absolutamente nada!
La aurora boreal quedaba entonces como el último refugio, la fortaleza inexpugnable de nuestra mitología.
De repente, precedido por un rumor extraño, un hombre siniestro baja de los Alpes. Este hombre siniestro, de mirada sombría y barba descuidada y partida en dos puntas, eras tú, Antoine. De acuerdo con ese rumor extraño, la aurora boreal tenía que ser considerada de ahora en adelante como un conjunto de partículas de hielo que flota en las regiones superiores de la atmósfera. Esta doctrina subversiva de todo principio mitológico, la habías cogido de un físico de Ginebra. llamado Laville, creo. La propagas, la exaltas, hablas de calor, de electricidad, de magnetismo terrestre: los mirones de la ciencia te escuchan boquiabiertos, aplauden al descubrimiento del ginebrino, que se ha convertido en el tuyo, y gracias a ti se derrumba la última muralla de la mitología nórdica. ¡He aquí vuestras proezas!
Desposeídos de esta manera, ¿dónde se va a refugiar la mitología? ¿Dónde? ¡Pues en la memoria y en la conciencia de los pueblos!
Te encoges de hombros, Antoine; tomas aires superiores de filósofo escéptico y burlón, mientras lias tu eterno cigarrillo; según tú, todas las mitologías del mundo no han sido más que novelas rosas del pasado, asuntos de los narradores y de los poetas para divertir a los ociosos y servir de pretexto a las fiestas populares. Nadie, incluso entre la plebe de las ciudades y los campos, las ha tomado jamás en serio, y nosotros, los mitólogos, no somos más que coleccionistas de viejos sueños desvanecidos, de nieves derretidas, de nieblas disipadas y bengalas apagadas.
¿No fue eso lo que dijiste, traidor?
El caso es que ahora estoy interesado en devolver a los estudios de este tipo toda su relativa importancia, y no pretendo glorificar estos sueños ¡Dios me guarde! dado que muchas veces, pasándoles revista, me he esforzado en reírme de ellos por no llorar, sino que procuro demostrarte su influencia, su duración, y más aún probarte que, al negar su poderosa acción sobre el pueblo, estás en fragante contradicción contigo mismo.
Todos , al nacer, vemos a los objetos en un sentido inverso de lo que son naturalmente, es decir, al revés. Esta gran verdad psicológica, eres tú el que me la ha enseñado, maestro mío. A este propósito, citaste incluso a Platón, que apruebas. Esto va aún más lejos. De acuerdo con él, todo se mueve en armonía con los fenómenos físicos del universo: en el hombre, al contrario, los fenómenos de orden moral se inclinan, por movimiento propio, hacia el caos, o sea hacia la insensatez.
Si Platón y tú estáis en lo cierto, entonces Antoine, ¿qué hay de sorprendente en que las clases laboriosas, ínfimas, de la sociedad, que no tienen mucho tiempo para ocuparse de la recuperación de su inteligencia contrahecha, dejadas, incluso, por el cálculo egoísta de tantos gobiernos sucesivos, en una ignorancia, una oscuridad llena de visiones y de fantasmas, se hayan, sobre todo en los países de la ensoñación y del misticismo, entregado a esta multitud de locuras supersticiosas?
Alemania ha guardado un buen recuerdo de Tor y de su martillo, ya lo he apuntado antes en esta obra, más seria de lo que parece, y que para tu instrucción te aconsejo leer, y releer. Fiel a su memoria, a1 final del siglo XVI, y aunque adoptase el calendario gregoriano y todas las reclamaciones del clero católico, exigió que uno de los días de la semana se consagrase al hijo mayor de Odín y de Frigg, y es así como el jueves se sigue llamando Thorsdag. Inglaterra ha seguido su ejemplo. Thursday significa también día de Tor.
En algunos países nórdicos, el día de Odín (Odinstag) figura también en los almanaques.
Esto te sorprende y te imaginas quizá que la vieja Germania se resume con mucha pertinencia a su testarudez mitológica. ¡Como el astrónomo de la fábula, como todos los sabios, absorbido en sus ecuaciones y cálculos has perdido el conocimiento de lo que ocurra cerca de tí, a tu alrededor.! ¿Acaso en nuestro país, en Francia, como en el de nuestros vecinos del sur, la denominación de los meses, la de los días de la semana, no son en la actualidad, y seguramente por mucho tiempo, tomadas, sino de la mitoteogonía escandinava, al menos de la de los griegos y de los romanos, desde Marte a Venus y Mercurio? Del mismo modo que Alemania se ha quedado india y druídica, nosotros hemos conservado la marca romana, dejada con tanto vigor por César en Galia.
Aún ayer, nuestras costumbres, nuestras artes, literatura, las expresiones de nuestro lenguaje, ¿no eran acaso tres cuartas partes paganas? Fuera del calendario, ¿estamos completamente Cristianizados hoy en día?

El paganismo romano ha persistido entre los pueblos de raza latina tanto como el otro entre las naciones de origen germánico o escandinavo. Para probarlo, me bastará evocar aquí un mito, uno solo, para circunscribir la disertación dentro de unos límites estrechos dejándole, sin embargo, seguir , su marcha regular y cronológica.
Ahora, Antoine ¡escoge tú mismo el tema!… Veamos… ¿Te conviene la barca de Carón?, .. ¿Sí?… ¡Pues adelante con la Barca de Carón!
Actúo de esta forma. un poco como los echadores de cartas que siempre se las arreglan para que se escoja la carta que les conviene, aunque todo el mundo piensa que se cogió al azar. ¡No importa! La Barca de Carón es justamente la carta que me hacía falta; y entro en materia.
En los primeros tiempos del cristianismo, según el estudio del historiador Prócope, la herencia del viejo Carón, o sea el empleo de barquero de almas se había repartido entre varios marineros de cabotaje de nuestras provincias picardas de los márgenes del Océano.
Al filo de la medianoche, el patrón, a quien le tocaba el servicio durante esa noche, oía tres golpes en la puerta. Abría y no veía a nadie, pero podía oír una voz débil apenas articulada, la voz del aire que le preguntaba si estaba lista su barca.
La barca vacia flotaba, amarrada a la ribera.
Entonces la voz misteriosa llamaba a unos seres invisibles, las almas de los difuntos, sin duda, que respondían ocupando el esquife que seguía vacío en apariencia. A medida que afluían estos extraños pasajeros, el barco se iba hundiendo poco a poco bajo su peso. Cuando la barca estaba suficientemente lastrada, el patrón subía a bordo, izaba la vela, cogía el timón y hacía rumbo hacia una de las islas de la Gran Bretaña.
Cuando la nave llegaba a su destino, la misma voz llamaba de nuevo: se oía un ligero roce sobre uno de los bordes de la embarcación, que iba elevándose cada vez más sobre las olas, a medida que sus invisibles pasajeros, pero no imponderables, tomaban posesión de la ribera.
El país hacia donde se dirigía cada día esta carga de almas era Irlanda; luego cogían el camino de aquella célebre cueva llamada más tarde el Purgatorio de San Patricio, que se consideraba entonces como la puerta principal del Infierno.
Así, la Barca de Carón estaba aún en servicio cuando él, ante los primeros fervores de la nueva religión, había juzgado prudente borrarse y hacerse el muerto ¡Paciencia! ¡Puede aparecer de nuevo! ¿Dónde? En todas partes. Sin querer seguirle en todas sus apariciones, podemos afirmar que al final del siglo XIII, un gran poeta cristiano, Dante, con toda su autoridad, había restablecido al viejo Carón en su puesto de barquero del Infierno. Tras él, en esta misma Italia, más aún, en la ciudad católica por excelencia, y trabajando bajo los ojos del papa, Miguel Angel, un sabio, un artista sublime lo representaba en un cuadro del Juicio Final al mismo tiempo que Dios, Cristo, la Virgen María y los Santos. ¡Sin Carón no hay infierno posible! Tal era todavía la opinión de todos en la Roma cristiana del siglo XV.

Podríamos recorrer, paso a paso, toda la Edad Media, y siempre en todas las épocas bajo todos los regímenes, volveríamos a encontrar al viejo barquero, su barca y su óbolo. ¿Es que todo ésto no se ha convertido acaso en algo proverbial para nosotros? ¿La barca de Carón no constituía ayer todavía el estribillo final y obligatorio de todas nuestras canciones de taberna? En cuanto a su óbolo ya nos ocuparemos de ello.
En su Historia de las Sepulturas nacionales, Legrand d’Assy relata que el clero francés, al no poder abolir entre la gente del campo el uso de Naulus, es decir del óbolo destinado a pagar al barquero de almas, había ordenado que, en lugar de poner una moneda en la boca del muerto, se pondría una hostia consagrada.
Sauval, en sus Antiguedades de París en 1630, nos cuenta que, buscando en viejos cementerios, encontró en la finca las Carmelitas y en Notre Dame des Champs muchos difuntos que llevaban aún el óbolo entre los dientes.
¿No te bastan estas autoridades tan serias? Pues entonces, especie de escéptico, has de saber que en mi famoso viaje a Chalons sur Saone estuve en una aldea de Borgoña donde vi con mis propios ojos como se pagaba la contribución del Naulus.
Si tu incredulidad se obstina en negar la evidencia que surge de todas estas pruebas acumuladas, si no te crees lo que dicen Sauval, Legrand d’ Assy, Miguel Angel, Dante y tu servidor y amigo, ¿sabes, Antoine, a quién te mandaré en última instancia? ¡Pues a ti mismo, ¡sí a tí!
No te acuerdas que un día, en la iglesia de una capital de provincia cerca de Paris, ambos asistimos a un funeral y vimos, no sin sorpresa, que el oficiante recibía de la mano del pertiguero un pan y una botella de vino para el muerto. En aquel entonces yo no era mitólogo, y dejé pasar el asunto sin más; esta vez no se trataba directamente de Carón, pero nadábamos en aguas análogas; evidentemente era un eco de la antigua Roma e incluso de la vieja Céltica que llegaba hasta nosotros.
¿Puedes creer ahora que hemos acabado con todas las nieves derretidas y las nieblas disipadas? Antoine, en nuestro hermoso país, país de luces y de progreso, donde son necesarias las novedades, cuesten lo que cuesten, donde se piensa seriamente en librarse de los errores de la era moderna, ya lo ves, aún estamos lejos de estar completamente librados de la era antigua.
¿Cuántos siglos, cuántas generaciones de filósofos, de sabios magistrados, de obstinados confesores hacen falta para que desaparezcan en un pueblo sus antiguas costumbres religiosas aun cuando lo que queda es sólo mitología?
En la actualidad, en los bordes del Rin, si el pueblo aun recuerda sus elfos, sus enanitos, sus kobolds, nuestros campesinos, si bien es cierto que se han vuelto reacios a los curas y dejan que sólo sus mujeres frecuenten las iglesias, no por eso creen menos en las brujas y en las echadoras de cartas.
La necesidad de creer es más fuerte que la mala voluntad de los hombres. Sólo se es en parte incrédulo.
Amigo mío, esta gran verdad no se aplica únicamente a aquellos pobres ignorantes útiles y laboriosos que constituyen el pueblo. Entre las clases más altas, instruidas, favorecidas por la riqueza, por el ocio, la incredulidad, pretendida filosófica, han venido a establecerse, uno tras otro: Gessner, Cagliostro, Mesmer, los taumaturgos, los magnetizadores, las mesas giratorias, los espíritus fluídicos, los espíritus llamadores, que han llegado justo en el momento en que vosotros, los espíritus fuertes pensabais que habíais hecho tabla rasa con todas las supersticiones.
¿ A qué conclusión llegaremos? En realidad, tengo muchas ganas de adherirme a tu sistema, como al de Platón, que se refiere a las aberraciones ingenuas de la humanidad.
Muy insensato sería el primero que declaró que el hombre era un animal razonable; un animal susceptible de razonamiento, ¡si! ¡enhorabuena! ¡Justo lo que había que decir! El hombre razona, razona, razona, a veces con justeza, pero a condición de que haya aprendido a razonar, sometiendo su espíritu y sus pasiones a una sabia disciplina; que haya impuesto el silencio a sus fantasías de su imaginación; que haya buscado a Dios en la naturaleza, en la verdad, en su conciencia, y no en los poetas ni en los mitólogos.
Esta es, amigo mío, la moraleja, que quisiera que se descubra en la Mitología del Rin.

Stonzenfels (Orillas del Rin),1860.
Marly-le Roy,1861

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