Mitopoema de la Diosa

Este mitopoema escrito por la investigadora Analía Bernardo fué publicado originalmente en la revista Mithos, dirigida por Hugo Basile

Mitopoema de la Diosa
Analía Bernardo

En el nombre de la Madre

la gran antepasada nuestra,

de su hija Estrella

y de todos los seres vivos

que emergieron de su vientre

en los tiempos primeros

cuando danzaba abriendo

las aguas del mar original.

En el nombre de la Diosa

de la vida en la muerte,

de la muerte en la vida

y de su amante Solar,

nacido en su plateada luz,

enterrado, cada noche,

en el lado oscuro.

Fecundador y víctima

que Ella resucita como alimento.

En el nombre de la Suprema,

de su hermana Gemela,

de sus ninfas, chamanas y justicieras,

cantamos la antigua tradición

de la Triple Diosa

primera entre todas

las deidades y religiones.

Degradada e ignorada

por los dioses de la espada y el caballo,

que pisotearon los verdes campos de esta Madre,

violando a sus mujeres,

esclavizando a sus varones,

arrancándole la sabiduría

de la regeneración.

En el nombre de la Amante universal:

Doncella blanca, reservada a sí misma,

Mujer roja, entera y llena de la sangre

que fluye sin crueldad,

Anciana negra, tejedora de destinos

y que en su luto trae la eternidad.

En los tiempos de las invasiones

susurraste en el oído del ollave;

cruzaste el camino del ermitaño;

realizaste los milagros del mago;

para que guardaran tus dones

después que los sacerdotes guerreros

te exiliaron de las entrañas y mentes

de tus sacerdotisas y profetisas,

condenando a toda mujer

a la inmovilidad y el silencio.

Unas pocas, como Astrea,

lograron escapar de los hombres de hierro

ocultándose en bosques y cuevas,

horrorizadas al ver la piedad vencida.

En esos parajes sagrados

te invocaron Némesis, justicia feraz

que habita en el soto de Belili.

Esas suaves y fervientes neolíticas

tomaron el arco y el carcaj

de los cazadores paleolíticos

contra los invasores de la estepa.

Convertidas en jinetas feroces,

únicas matriarcas que sacaron

a la luz la ira mujeril,

resistieron el sometimiento

hasta el límite de la extinción.

Pero cuando el hierro venció al bosque

capturadas, fueron prostituídas

al servicio de los jefes de clan,

inventores homéricos de tus raptos

y clandestinidades con sus dioses.

Las descendientes de esas arqueras

retornaron a la cuevas sagradas

de las antiguas recolectoras de frutos.

Temidas brujas del caldero

que celebraron tus misterios

y apariciones en las encrucijadas:

tímida Corza Blanca,

seductora Andra Mari,

inflexible Dama de las quijadas,

ciñiendo a principes y emperadores

con el eco de la vida usurpada.

No volvimos a escuchar

historias de la pesadilla

hasta la época del oro nuevo

cuando los conquistadores íberos

relataron a las amazonas del río

en la selva virgen del sur.

Y cuando las mujeres pobres

de la pequeña Nicaragüa

se vistieron de soldadas

fusil al hombro, seno amamantando,

para defender a los suyos

del dictador infame.

Reina del Cielo volvemos a evocarte

como niños que balbucean

la primera comunicación.

Te llamamos: Pachamama,

Isis Resurrectora y Luna Triple.

Dibujamos algunos símbolos tuyos:

laberintos y serpientes enlazadas.

Y caminamos tras tus huellas

en el cuerpo y la naturaleza

con la esperanza de concluir

este largo peregrinaje

de la violencia suicida.

Reiniciaremos el gran ciclo de vida,

pronunciando el nombre de la Rosa.

Señora de las metamorfosis,

Mujer pletórica, Madre agrícola,

Andrógina del mar y del amor,

Jueza de vivos y muertos,

Sofía de lo oculto,

Musa de lo humano,

Caliz abundante,

Serpiente de todos los tiempos

y Árbol de la Vida,

creaste este dilatado jardín

con todas las energías

diferentes y complementarias

durante tu incesante canto,

uniendo siempre tus cuernos

para que los seres vivan

en acoplado encuentro

al descubrir que para ser uno

primero hay que existir como dos.

Preguntan los que quieren querer

si habrá una existencia mejor

que el hastío femenino

y la prepotencia masculina;

si tendremos que ensayar

algún rito de luna y sol;

adoptándote como hija desaparecida

convertidos en Deméter.

Deseamos que vuelvas a los días

de los humanos y sus gentes.

Habita nuevamente en las madres

porque cada noche y cada mañana

ellas no han dejado de llamarte.

Diosa Madre, en tu nombre

intentaremos alguna manera

para que el Padre, al fin,

bese tus labios y se integre

a la mujer, al varón y al mundo.

II

He sido, como muchas,

una mujer en la colina

que recibió tu abrazo

en inviernos blancos de nieve,

primaveras de flores y frutos,

y otoños de álamos dorados,

cuando estaba en el valle

y habitaba los bosques de araucarias.

He sido una mujer que se baña

con la luz de tus lunas

desde el día que ví

a los caciques mapuches

danzar dentro del círculo,

convertidos en pumas, ñandúes y serpientes,

bajo el impulso del kultrún de la machi;

y derramar la sangre de machos cabríos

sobre su Pachamama.

He sido una mujer con una espada

atravesada en la garganta

desde que las madres de la plaza

encarnaron tu ancestral derecho,

quitando la venda que cubría

los ojos de la luminosa Temis,

cuando sus hijas e hijos

fueron secuestrados

hacia una muerte sin retorno,

inflingida por viles patriarcas.

He sido una mujer indiferente

a las amenazas del pecado

desde los años que leí las hojas

de los árboles que plantaron

Safo, Juana Inés, Alfonsina

y tantas otras que develaron

las mentiras de los diabólicos

retratos de tus amados,

el dogma del sexo impuro

y la retórica de las hogueras,

las guerras y los mercados.

He sido una mujer que pregunta

por las diosas que las estatuas

de la ciudad aún representan,

dónde la Virgen de los altares,

dónde las Nereidas de Lola Mora,

dónde la Madre Patria…

Y he invocado a tus mensajeras

para que nos hablen de ellas

cuando anuncien tu retorno a estas playas.

Que hagan vibrar estas cuerdas heridas

y canten con nosotras tu enojo,

tu belleza, tu vuelta,

ahora que no hay mandato

que nos deje sin luna,

ni exilio que nos separe de Tí.

III

Canta, Musa, a la que retorna,

canta la antigua tradición

de cuando dios era mujer.

Canta a la que fue y sigue siendo

Una, tres y trece veces ella misma.

Habítanos para que todos conozcan

a la Gran Madre cuyo nombre, dices,

es Resplandor, paloma exaltada de la vida.

Dánzanos, Ninfa, la mente y el útero

para que abandonemos la crisálida,

limpios los oídos de tanta carga

y abramos las alas de la conciencia.

Cuéntanos, Sabia, el relato

y el poema de su mágica presencia

ahora que encendimos ónfalos

en el mundo y crepitan

los corazones sobre las brasas.

Inspíranos, Astuta

que estamos listas

a la llegada de la Señora del paraíso

la que viste la túnica, abigarrada,

con los colores del excelso fruto

del amor, la justicia y la sabiduría

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